domingo 12 de diciembre de 2010

Cuatro historias / cuatro calles.

Transeúntes eternos a través de nosotros mismos,
no hay paisajes sino el paisaje que nosotros somos.
Nada poseemos, porque ni siquiera nos poseemos a nosotros mismos.
Nada tenemos porque nada somos.
¿Qué manos extenderé hacia qué universo? El universo no es mío: soy yo.

F. PESSOA. Libro del desasosiego




1ª.Historia del ayudante del frutero.
Plaza de los Carvajales. Granada.

Paco saludó a un chico joven con la mirada perdida, con un lápiz en la mano, y un crucigrama sobre las piernas, en la otra mano, su porrito de hachís. Era su vecino de al lado, el ayudante del frutero. Paco le preguntó algo, tú sólo le mirabas a él y mirabas el crucigrama. Su voz era cansada, la escena resultaba agria, cómica, ¿o entrañable?
El ayudante del frutero de la calle San Jerónimo, intentaba rellenar el crucigrama, pero es difícil decía, y le insinuaba a Paco que a ver si le regalaba un diccionario.
El ayudante del frutero presume de amigo librero, tú agachas la cabeza, te puede su voz cansada, su crucigrama difícil, que no tenga un diccionario.




2ª. Historia del abuelo con mirada de villano,
sentado permanentemente en la puerta del supermercado.
Calle San Jerónimo. Granada.

El abuelo con mirada de villano, sentado permanentemente en la puerta del supermercado, sólo mira al frente y a los lados. Sólo está sentado y está solo.
Tiene la mirada azul, los brazos en el regazo, siempre la misma camisa a rayas. Está delgado, aunque a veces le has visto comerse un bocadillo.
Enfrente de él un montón de cartones, en el fondo, desdibujadas mañanas.
Ni siquiera observa a la gente que entra y sale, que entra y sale... Hoy te has quedado mirándole, pero él sólo miraba sin mirar los cartones que tenía enfrente.
Y cuando pasas y le ves comer se derrumba un poquito más tu mundo embotellado. Siempre te ha dado pena la gente que come sola. Pero tampoco es pena, es una palabra que no existe y que vive agazapada entre la palabra pena y la palabra ternura.
No sabes quién es. Puede que no sea nadie en realidad, y le dejen sentarse en la puerta toda la mañana, toda la tarde, todo el día… Puede que nadie sepa quién es, ni siquiera él, o sobre todo él. Esta mañana lo has vuelto a ver. Has pensado que le queda poco tiempo, su cara se te antojaba azul también, sus dedos, su tristeza.
Y entonces le atrapas un poquito en el tiempo, y se te ocurre pintarlo azul, con la cabeza muy grande, y el cuerpo pequeño y débil, sentado enfrente de la puerta del supermercado, esperando a que un día se lo lleven también entre los cartones que vigila.
De pronto se convierte en super héroe; el super vigilante de cartones. Y apartas la mirada.



3ª. Historia de una conversación y un encuentro fugaz
y fortuito con un camello gitano, sin dientes.
Calle Elvira. Granada.

Ibas mirando el suelo, con esa sensación de complicidad con el mundo cuando está pasando algo que sólo sabes tú y te hace daño. A tu altura un hombre bajito, muy moreno, de unos cuarenta y tantos. Le miras porque canta. Le miras y le sonríes, te sigue y te pregunta;
¿Marihuana buena, coca para volar?
Sigues sonriéndole, no gracias.
Hay que vivir la vida con ganas, disfrutando de todas esas cosas que se nos presentan, te dice filosófico, mientras seguís andando en paralelo. Pero sin drogas, le dices tú.
¿Sabes cual es la droga más dura?
Te quedas mirándole, y quieta le respondes mirándole a los ojos; Si, el amor.
Se sorprende, le gusta tu respuesta. Ahora te sonríe él a ti; si, porque es la que más duele. Tú has continuado andando, y él se aleja despacio, le oyes cantar a lo lejos.



4ª. Historia de Antonio; el eterno vagabundo.
Calle San Juan de Dios. Granada.

A Antonio le ha crecido el pelo. Y esta mañana de domingo se ha cambiado de acera para que le dé un poco el sol. Porque en su casa habitual, la acera de enfrente, la sombra congela seguramente su cabeza y sus entrañas. Hace mucho frío, la nieve se deshace y cae, algo todavía permanece en los tejados y en los huecos dónde se dejan crecer los árboles. Antonio tiene frío, seguramente por eso busca su particular terraza al sol. No pensaremos a dónde irá cuando este sol efímero del invierno desaparezca.
A Antonio le conociste el año pasado. Era un sábado por la noche, y él dormía en su acera, en San Juan de Dios, enfrente de la iglesia.
Era un bulto en mitad de la nada. La gente pasaba por su lado, obviando su figura, su perfil, algunos incluso saltaban por encima.
Pero tú decidiste no saltar, ni siquiera esquivarlo, te quedaste mirando cómo se afanaba por hacer de sus cartones una cama más cómoda.
Buscaste un motivo, un posible encuentro, conversación.
Un policía que andaba por allí, te acompañó, se puso unos guantes y se acercó a él, para que comprobaras que realmente él quería dormir allí.
Hablamos con Antonio. A ti no te hizo caso, no se atrevía a mirarte, y nos dijo su nombre. El policía le animó a que se subiera un poco el pantalón, y lo hizo con respeto, ¿tal vez con ternura?
Te sorprendió que tuviera un nombre, que tuviera los ojos preciosos, azules y cansados.
Le volviste a ver algunas veces, pensabas en él como en un vecino con el que coincides algunos días, en el rellano de la escalera. Nuestro rellano era la calle, su calle; su casa perpetua.
Un día pasaste por su lado, y te alegraste porque había conseguido una radio, y la escuchaba orgulloso tumbado en la acera; su particular salita de estar. Parecía contento y le ofreciste un cigarro. Te hubiera gustado ofrecerle un poco de conversación.
Un día cualquiera, después de mucho tiempo, paseabas con alguien por esa misma calle, (¿Cómo se debe sentir alguien que vive en la calle, y que ve pasar por “su” pasillo un montón de desconocidos que le miran? ¿Quién es el extraño aquí? Imagino que pensará él) y vimos un bulto a lo lejos.
Ese es Antonio, le dijiste. Ese bulto es Antonio. Ese bulto son Antonio y su casa.
Tu amigo te miró extrañado. Cuando pasamos por su lado, él dormía, ajeno, entre sus paredes fabricadas con cartón.
A Antonio le ha crecido el pelo, y busca el sol. Se rasca la cabeza y mira, distraído a esos que visitan su casa sin permiso. Tiene algunas mantas, y así permanece, tumbado. Nunca le has visto paseando o de pie. Ya nadie ve a Antonio, su silueta no molesta, forma parte de la ciudad, se ha fundido con ella. Granada se traga a aquellos que habitan sus aceras. Pero no hay que confiarse, la misma Granada también los puede vomitar.

Paz Palau

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada