sábado, 2 de junio de 2018

lunes, 5 de febrero de 2018

Canción de las campanas y el desierto
Las campanas de la catedral tienen la voz del desierto de los campos de refugiados
Ya que en ambos se escucha el romperse de los juguetes como bolas de cristal.
Las campanas de la catedral ocultan lo mismo que el desierto de los campos de refugiados
Como el grito asesino de las bombas.
Con cascos azules y botas negras o con togas negras y una bufanda morada,
Allá adonde se borra nuestro horizonte o está tan cerca que se hace borroso,
Los lobos buscan presas fáciles, de muslos tiernos, morenos o pálidos
A punta de pan ácimo o de escopeta.
Callad, callad un momento y escuchad al mundo
Debajo del cemento que anula los lamentos de la brisa;
En algún sitio un niño tiene la cara contra el polvo y detrás de él hay un soldado
Llevando nuestra libertad a los pechos como tablones de nogal de las refugiadas más jóvenes.
Y está pasando, y es más real que la cotidianidad de los teléfonos
Cómo la lengua de gato de los violadores moja la espalda de una inocencia,
Y todos los días, en algún sitio, tiran un cadáver de pájaro a la barranca
Donde se pudre sin que nadie lo huela.
Cuando suenan las campanas
Una granada desparrama unas tripas
y un dedo se cuela en los ombligos.
Cuando suenan las campanas
EL hambre obliga a vender el corazón que te ha arrancado
Una guerra donde los mercenarios han engrasado sus cuchillos con grasa de cordero.
Cuando suenan las campanas
Los huesos crujen y una margarita se deshace bruscamente
Y en el establo de los pecados un taburete se empapa con un hurto de saliva.
Oh cuando suenan las campanas y posan con crueldad sus manos
Sobre los cabellos rubios de la infancia regada por los escupitajos de la catedral;
Oh cuando caen las bombas y los cascos de dientes azules
Mordisquean los vientres de arena del futuro de los sirios.
Tened la valentía, hijos del águila
De mirar a los niños que luchan
Bajo las plumas de un pavo arco iris.
Que tampoco es inocente quien ignora
Y que mintiendo bajo la compasión
Callan frente el amor sucio y obsceno
Como el sexo erecto de la lepra. 
En la guerra no hay virginidad que se salve
Y en la catedral donde todos los días un japonés toca la guitarra
Hay un silencio todas las mañanas cuando un encargado se ocupa de limpiar la sangre al cristo con una esponja.
Qué horrible es el mundo y qué casto aparece
Pero olvidaremos y seguirán cayendo bombas y las campanas sonando
Cuando el juicio de la burocracia de armas a los locos e hígados frescos a los carniceros.
En la catedral y en el desierto de siria
Un músico con un muñón toca un organillo
Y el suicidio viene a dar las buenas noches.
Los ocasos son tan tristes en el desierto y en la catedral
Que nadie se molesta por ver al sol desnudándose,
Porque lo hace con tanta pena como aquella primera vez
¿Quién protegerá a los niños de las bombas y de las campanas?
No lo sé, en ambos casos sus padres están muertos.

  Autor:Fernando Grieta





EUROPA, CANTO DE OLVIDO
Vieja y perdida Europa
¿Qué te queda excepto tu odio?
Naciste de la guerra
Te acunó la finanza
Y los crímenes del padre
Lo pagaste en tus hijos
Que besaban tus manos
Empapadas de bilis.
Vieja y perdida Europa
Has perdido el perdón de los caballos
Y como no soportas la vergüenza del sol
Te tapas la cara con las chimeneas
Y qué pálida te quedaste, querida Europa,
Qué pálida bajo las máquinas de café
Y bajo los nidos de plástico de los vagabundos,
Con solo unas moneditas para consolarte jugando a los chinos.
En cada flor que había pusiste una cabina telefónica
Y has abierto tu vientre para que la masa
Pueda sentir la soledad del subterráneo.
Has predicado la tristeza y la avaricia a los cuatro vientos
Exigiendo obediencia con una máscara de cordero y unos alicates,
Exigiendo sacrificar sobre una mesa de mármol a los primogénitos
Y exigiendo un baño caliente tras el derecho de pernada.
Hiciste crecer un tumor en el alma de los hombres,
Encerrados en la eterna cuarentena del trabajo.
Robaste las lágrimas de las viudas
Y las carcajadas de los feriantes
El cuchillo del asesino
Y unas medias que se secaban a la intemperie.
Metiste en la jaula a un gorrión y te divertiste
Esperando a que él solo se ponga la soga.
Europa, niña cruel y retorcida,
Cómo disfrutaste cuando aquel que te cantaba canciones de amor
Se tiró desde un puente bajo la atenta mirada de los coches.
Cómo disfrutaste cuando se derrumbó la mina sobre treinta y cuatro muchachos,
Cuando le diste un portazo en las narices a un peregrino
Y luego pediste asilo por la lluvia con la sonrisa del fusil y la hoguera.
Has estrellado un violín contra el suelo,
Has usado un cuadro de servilleta para limpiarte la grasa.
Qué poca piedad tuviste siempre y qué pocos remordimientos,
Comedora de piedras, mercader de vidas.
Durante los bombardeos mandabas a los niños a jugar a la pelota
O a construir trincheras en la arena que las olas deshacen,
Quedando solo grises esqueletos que después la marea se traga.
Formaban largas colas en la puerta del cirujano
Los estudiantes a los que les acariciabas el cabello durante la lobotomía.
Tejedora de camisas de fuerza, de mortajas y carteras de cuero.
¿No ves que no sirvió de nada
Tener todo el oro del mundo?
¿Qué eres ahora, rodeada de botellas de champán,
Más que una borracha que no llora porque se le corre el maquillaje?
Mira cómo las hadas se cortan las venas,
Cómo se han teñido los ojos y las plumas de negro,
Cómo los ancianos, impacientes de muerte
Observan con lupa como sus tobillos se van poniendo morados.
Has plantado un enorme campo de linternas
Haciendo que la noche sea tan obscura como la pintan.
Vieja y tonta te has vuelto, Europa, vieja y tonta
Y aburrida y sin escrúpulos, sin importarte
Que para mantener el orden al que te condenas
Tengas que mandar a unos cuantos a liarse a tiros
Dentro y fuera de tus cercos,
Vieja, tonta, triste, gorda Europa.
Que los colegiales hagan una balsa y se echen al mar,
Que las gaviotas migren y los perros se vayan a nado si hace falta.
Que la luna se niegue a aparecer por no tener bosque donde posarse,
Que los supervivientes no se cansen de pedir a gritos en busca de un barco.
Porque Europa podrida, has perdido la inocencia
Y la posibilidad de que algún día crezca hierba en las ciudades.
No hay más que mirar tu cielo coronado de una inmensa aureola
De neblina compuesta del metano y fósforo de los fantasmas por muerte violenta.
Que tu historia se borre como un sueño tras la gula,
Se invente otra lengua y otra forma de hablarla,
Para que no se vuelvan a repetir tus discursos.
Que emerja lo nuevo del salto al vacío
Y aprendamos que para que nunca más se consuma un estómago de polvo o metralla
Merece la pena arriesgarse incluso a cambiar el mundo.
Pero que no se olviden de poner una rosa sobre tu tumba, Europa
Cómo tú, irónica, siempre pusiste en las extensas hileras blancas.
Y cuando estemos todos muertos, América Scarfó vendrá a traernos flores.

Autor:Fernando Grieta

lunes, 14 de marzo de 2016

Visto y no visto

Lo que uno busca lo puede encontrar, hoy en día, en cualquier momento y en cualquier parte. Lo misterioso sigue siendo encontrar lo que uno no busca, que es lo más sorprendente, lo que de verdad lo abre a lo inesperado y con frecuencia a lo mejor. Eso es una lección de humildad, y también un alivio. No hace falta tener un propósito claro, una opinión firme, una posición tajante en todo. Algunos de mis mejores hallazgos han sido por azar. Como escritor, como lector, como ser humano que respira y desea. Casi todos los fundamentales. Quizás las ciudades y las librerías me gustan tanto porque son los lugares supremos del azar. Por eso sigo yendo a tiendas de discos, o de películas. Porque encuentro no lo que buscaba sino lo que no buscaba. El descubrimiento de Jean Améry en una librería de París hace veinte años cambió de golpe el rumbo de mi imaginación y de mis lecturas. Hoy he entrado un rato en el Corte Inglés porque me sobraba tiempo para una cita y he encontrado Los siete samurais de Kurosawa. La otra mañana pasaba por una de mis librerías de Madrid sin ánimo de entrar, y casi sin tiempo, y vi en el escaparate los Diarios de la revolución de 1917, de Marina Tsvietáieva, traducidos por Selma Ancira, publicados por Acantilado. Ya no me he separado de ellos. He escrito una crónica entera en un arrebato de dos horas. Lo mejor de escribir es terminar de escribir. Antonio Muñoz Molina

El mundo del libro antiguo

Uno puede haber visitado librerías durante toda su vida, leído los suplementos literarios de los periódicos, frecuentado hombres de letras y no haber intuido, siquiera, la existencia de ese otro mundo paralelo, que es el del libro antiguo, raro, curioso y agotado. Por favor, no siga leyendo. Desde aquí, y en el fondo, envidiamos su tranquilidad, su existencia plácida, su ingenuidad y su inexperiencia en el infortunio. Las novedades editoriales llegan a su vida como caídas del cuerno de la abundancia, los libros están nuevos, flamantes y envueltos en celofán que, como un gran condón, los hace más higiénicos y más profilácticos. La letra es grande y clara, el vocabulario fácilmente comprensible, el papel blanco y las fotografías soberbias ¿qué más quiere? Algunos incluyen de regalo equipos de música, microondas, bellos muebles. Con libros tan flamantes su casa parecerá otra y su mujercita, con orgullo, invitará a sus amigas a un hogar tan culto... ...de verdad, no siga leyendo. Aquí estamos ofreciendo una belleza que, a lo mejor, no vale la pena. Va a pagarla muy cara, en horas y en dinero. Sabrá lo que es el sudor frío del miedo cuando el libro que desea más que a su vida ya está vendido y perdido para siempre, experimentará la taquicardia del abordaje (no todos los corazones la soportan) cuando, por fin, encuentre ese libro que ha buscado tanto. Querrá, por encima de todo, unas horas de soledad, para leer, hojear, oler ese nuevo libro que enriquecerá como nada su vida y sus anaqueles. Veo que sigue aquí. Bienvenido. Si en verdad está dispuesto a saber lo que es el dolor, no le decepcionaremos, pero es nuestra obligación decirle que nunca podrá volver atrás. Pepe Grau

viernes, 17 de diciembre de 2010

Enrique Morente

Ha muerto una persona sabia

Sabia de naturaleza y de vida

Sabia por ponerle música a la vida y a la naturaleza

Sabia por su transmisión, por su oficio

Sabia por sus amigos

por su sencillez, sabia.

Juan Hueto

domingo, 12 de diciembre de 2010

Cuatro historias / cuatro calles.

Transeúntes eternos a través de nosotros mismos,
no hay paisajes sino el paisaje que nosotros somos.
Nada poseemos, porque ni siquiera nos poseemos a nosotros mismos.
Nada tenemos porque nada somos.
¿Qué manos extenderé hacia qué universo? El universo no es mío: soy yo.

F. PESSOA. Libro del desasosiego




1ª.Historia del ayudante del frutero.
Plaza de los Carvajales. Granada.

Paco saludó a un chico joven con la mirada perdida, con un lápiz en la mano, y un crucigrama sobre las piernas, en la otra mano, su porrito de hachís. Era su vecino de al lado, el ayudante del frutero. Paco le preguntó algo, tú sólo le mirabas a él y mirabas el crucigrama. Su voz era cansada, la escena resultaba agria, cómica, ¿o entrañable?
El ayudante del frutero de la calle San Jerónimo, intentaba rellenar el crucigrama, pero es difícil decía, y le insinuaba a Paco que a ver si le regalaba un diccionario.
El ayudante del frutero presume de amigo librero, tú agachas la cabeza, te puede su voz cansada, su crucigrama difícil, que no tenga un diccionario.




2ª. Historia del abuelo con mirada de villano,
sentado permanentemente en la puerta del supermercado.
Calle San Jerónimo. Granada.

El abuelo con mirada de villano, sentado permanentemente en la puerta del supermercado, sólo mira al frente y a los lados. Sólo está sentado y está solo.
Tiene la mirada azul, los brazos en el regazo, siempre la misma camisa a rayas. Está delgado, aunque a veces le has visto comerse un bocadillo.
Enfrente de él un montón de cartones, en el fondo, desdibujadas mañanas.
Ni siquiera observa a la gente que entra y sale, que entra y sale... Hoy te has quedado mirándole, pero él sólo miraba sin mirar los cartones que tenía enfrente.
Y cuando pasas y le ves comer se derrumba un poquito más tu mundo embotellado. Siempre te ha dado pena la gente que come sola. Pero tampoco es pena, es una palabra que no existe y que vive agazapada entre la palabra pena y la palabra ternura.
No sabes quién es. Puede que no sea nadie en realidad, y le dejen sentarse en la puerta toda la mañana, toda la tarde, todo el día… Puede que nadie sepa quién es, ni siquiera él, o sobre todo él. Esta mañana lo has vuelto a ver. Has pensado que le queda poco tiempo, su cara se te antojaba azul también, sus dedos, su tristeza.
Y entonces le atrapas un poquito en el tiempo, y se te ocurre pintarlo azul, con la cabeza muy grande, y el cuerpo pequeño y débil, sentado enfrente de la puerta del supermercado, esperando a que un día se lo lleven también entre los cartones que vigila.
De pronto se convierte en super héroe; el super vigilante de cartones. Y apartas la mirada.



3ª. Historia de una conversación y un encuentro fugaz
y fortuito con un camello gitano, sin dientes.
Calle Elvira. Granada.

Ibas mirando el suelo, con esa sensación de complicidad con el mundo cuando está pasando algo que sólo sabes tú y te hace daño. A tu altura un hombre bajito, muy moreno, de unos cuarenta y tantos. Le miras porque canta. Le miras y le sonríes, te sigue y te pregunta;
¿Marihuana buena, coca para volar?
Sigues sonriéndole, no gracias.
Hay que vivir la vida con ganas, disfrutando de todas esas cosas que se nos presentan, te dice filosófico, mientras seguís andando en paralelo. Pero sin drogas, le dices tú.
¿Sabes cual es la droga más dura?
Te quedas mirándole, y quieta le respondes mirándole a los ojos; Si, el amor.
Se sorprende, le gusta tu respuesta. Ahora te sonríe él a ti; si, porque es la que más duele. Tú has continuado andando, y él se aleja despacio, le oyes cantar a lo lejos.



4ª. Historia de Antonio; el eterno vagabundo.
Calle San Juan de Dios. Granada.

A Antonio le ha crecido el pelo. Y esta mañana de domingo se ha cambiado de acera para que le dé un poco el sol. Porque en su casa habitual, la acera de enfrente, la sombra congela seguramente su cabeza y sus entrañas. Hace mucho frío, la nieve se deshace y cae, algo todavía permanece en los tejados y en los huecos dónde se dejan crecer los árboles. Antonio tiene frío, seguramente por eso busca su particular terraza al sol. No pensaremos a dónde irá cuando este sol efímero del invierno desaparezca.
A Antonio le conociste el año pasado. Era un sábado por la noche, y él dormía en su acera, en San Juan de Dios, enfrente de la iglesia.
Era un bulto en mitad de la nada. La gente pasaba por su lado, obviando su figura, su perfil, algunos incluso saltaban por encima.
Pero tú decidiste no saltar, ni siquiera esquivarlo, te quedaste mirando cómo se afanaba por hacer de sus cartones una cama más cómoda.
Buscaste un motivo, un posible encuentro, conversación.
Un policía que andaba por allí, te acompañó, se puso unos guantes y se acercó a él, para que comprobaras que realmente él quería dormir allí.
Hablamos con Antonio. A ti no te hizo caso, no se atrevía a mirarte, y nos dijo su nombre. El policía le animó a que se subiera un poco el pantalón, y lo hizo con respeto, ¿tal vez con ternura?
Te sorprendió que tuviera un nombre, que tuviera los ojos preciosos, azules y cansados.
Le volviste a ver algunas veces, pensabas en él como en un vecino con el que coincides algunos días, en el rellano de la escalera. Nuestro rellano era la calle, su calle; su casa perpetua.
Un día pasaste por su lado, y te alegraste porque había conseguido una radio, y la escuchaba orgulloso tumbado en la acera; su particular salita de estar. Parecía contento y le ofreciste un cigarro. Te hubiera gustado ofrecerle un poco de conversación.
Un día cualquiera, después de mucho tiempo, paseabas con alguien por esa misma calle, (¿Cómo se debe sentir alguien que vive en la calle, y que ve pasar por “su” pasillo un montón de desconocidos que le miran? ¿Quién es el extraño aquí? Imagino que pensará él) y vimos un bulto a lo lejos.
Ese es Antonio, le dijiste. Ese bulto es Antonio. Ese bulto son Antonio y su casa.
Tu amigo te miró extrañado. Cuando pasamos por su lado, él dormía, ajeno, entre sus paredes fabricadas con cartón.
A Antonio le ha crecido el pelo, y busca el sol. Se rasca la cabeza y mira, distraído a esos que visitan su casa sin permiso. Tiene algunas mantas, y así permanece, tumbado. Nunca le has visto paseando o de pie. Ya nadie ve a Antonio, su silueta no molesta, forma parte de la ciudad, se ha fundido con ella. Granada se traga a aquellos que habitan sus aceras. Pero no hay que confiarse, la misma Granada también los puede vomitar.

Paz Palau